Sentada en la mesa de aquel cafetín, Isaura esperaba sin darse cuenta que cosas. Sus pensamientos iban del popote de la naranjada al espejo que la veía de frente.
El vestido verde bandera la hacía resaltar, por lo discreto, por encima de la muchedumbre que en ese momento se había dado cita en el lugar. Quizás no era solo el vestido, tal vez fuese su solitaria presencia lo que la hacía notable en esos momentos: mujer sola en ese tipo de lugares es presa de las miradas del género masculino ávido de sueños de conquista. La televisión nada tiene que hacer en estos casos, ello significa perder el tiempo informándose sobre nuestro acontecer nacional.
Isaura se limpiaba el sudor de la frente con única servilleta que la mesera le había ofrecido acompañando a la naranjada y posiblemente estaba destinada para otra cosa. La desesperación se hizo evidente. El reloj seguía su paso inexorable.
Me pregunto si ella sabría realmente la causa de su espera, lo más seguro es que no. Que estaba allí casi sin darse cuenta. Es posible que hubiese entrado solo a guarecerse de los rayos del sol que en la calle amenazaban con dejarle el cerebro como huevo hervido en sudor.
Al sentarse y dar el primer sorbo a la naranjada tomo conciencia de su peso dentro del local. Las miradas encima como queriendo desnudarla, como si con este sólo hecho la invitasen todos a tomar primero un café, ‑‑sus bolsillos no alcanzaban para más— luego surgiría la insinuación de caminar por allí sin rumbo, platicar y finalmente terminar en la cama de algún hotel de tercera o cuarta categoría. Ella no era tonta y sabía de todo esto, así que siguió con el juego. Cruzaba una pierna sobre la otra sólo dejando asomar más arriba del huesito del tobillo. El vestido no permitía más.
Un nuevo sorbo y una sacudida a la cabellera ensortijada, haciéndola hacia atrás con las manos una y otra vez para terminar echando los senos hacía adelante; alucinaron no pocos que aquello no era sino la imagen de una yegua relinchando a punto de arrancar en desbocado.
Isaura sabía de esto, tanto tiempo de vagar por el malecón de Tampico le habían dado ese conocimiento sobre las miradas del ser humano.
Las mujeres que acompañaban a sus parejas, apenas la vieron llegar se pusieron en guardia, el enemigo estaba a la vista y habría poner cuidado de no perder de ellos una sola mirada. Como si en ese acto se les fuera a escapar el motivo de sus rutinarias existencias.
¿Las mujeres estarían concientes de lo cotidiano de sus vidas? Quizás no pero ni lo intuían. El enemigo con su sola presencia había llegado a romper con la norma, violentando su estadía y relación con la pareja. Las miradas
Cuando algunas feministas dicen el lobo de la mujer es la mujer tienen razón: “ya viste que descarada, no, no la veas, ni vale la pena”…”este mundo está cada vez peor, mira que dejarlas entrar a estos lugares en la entrada debía haber un letrero que dijera no se permite la entrada a mujeres solas”…”tiene la facha de puta, ni quien se la quite”…”qué mal gusto para vestirse, parece payasa con ese vestido tan discreto”…
Isaura, sabía de esto, le bastaba ver las caras de las mujeres, le deleitaba tanto que comenzó a reírse para sí de todas ellas. Se levantó el vestido hasta mostrar los muslos so pretexto de arreglar una caída de media. El silencio se hizo sepulcral, el acontecimiento valía la pena. Las mujeres nada pudieron hacer para retener las miradas de sus acompañantes.
Isaura, acto seguido, sorbió la naranjada; pero ahora poniendo un énfasis especial en el popote, en alguna mesa hubo codazos y conatos de divorcio: “¡qué le ves, qué tiene ella que a mi me falte! …”pareces baboso, que te ganas con verla. Mejor nos vamos” “vete tu, yo aquí estoy muy a gusto”. “Fíjate bien lo que dejas, luego no te vayas a arrepentir”.
Pero nadie se movió, seguía todo mundo también a la espera de algo, quizá por lo mismo que Isaura.
Llegó la mesera con la cuenta, dejándola de una manera muy cortés, arrojándola sobre la mesa para largarse después con prisa, como si tuviese miedo a ser confundida con la mujer de la naranjada o con algo parecido.
Un hombre solitario, que también perdía el tiempo sin darse cuenta, se levantó dejando su mesa y se dirigió a la de Isaura, con paso calmado y corazón palpitante, sintiendo el vértigo que causa el desafiar lo establecido, el miedo a sentirse observado por la muchedumbre, quizás el mismo miedo que sintió Jesús al enfrentar a los judíos en su defensa de Magdalena. Afortunadamente el corazón no podían escucharlo los demás y el caminar pausado, si transmitió seguridad sobre la pesada loza de las cobardías en complicidad.
‑‑Señorita, permítame que sea yo quien la invite, haciéndome el honor de pagarle la cuenta.
Isaura quedó largos momentos sin contestar, pareciéndoles al atrevido infinitos e interminables.
‑‑ ¿Qué quiere a cambio del honor? ¿El sentirse un Don Juan que ha hecho su buena obra del día o hacerse con el papel de héroe?
No supo que contestar, no esperaba respuesta semejante; por lo que sin decir palabra, se dio media vuelta, pagó en la caja y salió sintiendo el peso de las miradas sobre su orgullo.
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