jueves, 25 de noviembre de 2010

Pupilas dilatadas.

Las pupilas se me dilataron, mientras contenía las ganas de estas manos por rasgar el vestido. Rece, mientras veía la sonrisa de San Cristóbal empañada de lujuria.
Un canto empezó a vibrar en las paredes de la Catedral, inundándose de música y luz el espacio, mientras tus manos entraban y salían de la pila derramándose el agua entre los dedos y yo veía como caía en cámara lenta el bendito líquido teniendo tu cara de fondo.
Mi sangre comenzó a cabalgar de prisa, volviendo agitada mi respiración y el bulto en la entrepierna seguía creciendo a medida que me acercaba. Tus senos generosos se brindaban queriendo explotar el escote que  los aprisionaba; así lo dijeron tus pezones indiscretos.
El gregoriano seguía subiendo de volumen, mientras te abrazaba por la espalda, pasando mis manos a la liberación de tus senos en tanto tus caderas se bamboleaban al ritmo del canto sacro, pegadas, frotándose ante mi bulto hinchado de sangre a más no poder.
Levante el vestido hasta tu cintura y empecé a escudriñar el nicho milagroso, con la delicadeza de quien encuentra un tesoro. Mis dedos húmedos de ti tocaron el botón sagrado y un temblor sacudió tus nalgas, tus vértebras, tus senos y un ligero gemido me invitó a continuar.
A San Cristóbal se le dilataron algo más que las pupilas y sólo las palomas llegaron con un aleteo apresurado a ser testigos de la penetración que te hacía. Allí estabas con las nalgas al aire, apuntando hacia el púlpito vacío de promesas y con una realidad de frente, dando de beber a las palomas agua bendita en todos sentidos.
La catedral se inundó de humedades, de jadeos, salivas y semen. La catedral se inundó de vida y creo que vi a San Cristóbal guiñarme un ojo por no poder aplaudir.

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