Las pupilas se me dilataron, mientras contenía las ganas de estas manos por rasgar el vestido. Rece, mientras veía la sonrisa de San Cristóbal empañada de lujuria.
Un canto empezó a vibrar en las paredes de la Catedral, inundándose de música y luz el espacio, mientras tus manos entraban y salían de la pila derramándose el agua entre los dedos y yo veía como caía en cámara lenta el bendito líquido teniendo tu cara de fondo.
Mi sangre comenzó a cabalgar de prisa, volviendo agitada mi respiración y el bulto en la entrepierna seguía creciendo a medida que me acercaba. Tus senos generosos se brindaban queriendo explotar el escote que los aprisionaba; así lo dijeron tus pezones indiscretos.
El gregoriano seguía subiendo de volumen, mientras te abrazaba por la espalda, pasando mis manos a la liberación de tus senos en tanto tus caderas se bamboleaban al ritmo del canto sacro, pegadas, frotándose ante mi bulto hinchado de sangre a más no poder.
Levante el vestido hasta tu cintura y empecé a escudriñar el nicho milagroso, con la delicadeza de quien encuentra un tesoro. Mis dedos húmedos de ti tocaron el botón sagrado y un temblor sacudió tus nalgas, tus vértebras, tus senos y un ligero gemido me invitó a continuar.
A San Cristóbal se le dilataron algo más que las pupilas y sólo las palomas llegaron con un aleteo apresurado a ser testigos de la penetración que te hacía. Allí estabas con las nalgas al aire, apuntando hacia el púlpito vacío de promesas y con una realidad de frente, dando de beber a las palomas agua bendita en todos sentidos.
La catedral se inundó de humedades, de jadeos, salivas y semen. La catedral se inundó de vida y creo que vi a San Cristóbal guiñarme un ojo por no poder aplaudir.
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